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Anibal y la paradoja del populismo

morsaEl triunfo de Aníbal en las PASO de la Pcia. de Bs. As. no causa sorpresa.

Aníbal es popular y como Intendente de Quilmes, Secretario General de la Presidencia, Ministro del Interior, Ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Senador Nacional y Jefe de Gabinete de Ministros ha estado montando un teatro en el que solo se exhiben éxitos.

Aníbal es un líder populista enraizado firmemente en el gobierno y en los medios de comunicación, aun en los mas críticos

Como sucede con los personajes de su estatura, reconciliar sus promesas electorales con su cuestionada actuación en el gobierno no es algo sencillo.

Pero esta dificultad, tal como el éxito de Aníbal esta demostrando dramáticamente, normalmente no afecta las perspectivas electorales de los lideres populistas.

Es que contrariamente a lo que intuitivamente se podría pensar, el populismo no está sostenido por un grupo de electores en particular – por ejemplo. los trabajadores – o por las políticas diseñadas para aparentar que favorecen a los sectores más bajos de la sociedad.

El populismo es una de las distintas formas en la que se expresa la corrupción de un sistema político.

Se caracteriza entre otras por la presencia de un protagonista que reclama que solo él – o ella – representa verdaderamente al pueblo, a la Patria, relegando así a sus adversarios políticos al papel de unos infames mentirosos.

Detrás de esta pretensión subyace la idea que el pueblo, que nunca se equivoca,  tiene un proyecto de país que solo un auténtico líder, hijo del pueblo, – tal como Aníbal – puede identificar, movilizar y llevar hasta la meta: a triunfar en las palabras de un notorio ex presidente.

Un populista, entonces, no sólo es un anti-elitista sino, necesariamente, un anti-pluralista y un anti-liberal en todos los órdenes.

Sus políticas siempre apuntan a polarizar, a dividir a la ciudadanía en “nosotros” y los “otros”, esos a quienes, a menudo, simplemente trata de “traidores”.

En la visión de un populista, no puede haber una oposición legítima. ¿Cómo podría?

Quienquiera que está contra este líder lo está automáticamente contra el pueblo  y, según esta lógica, jamás podría representarlo. “No se vota a un diputado, se vota a un país”.

Desde esa misma perspectiva se pretende instalar la idea que el gobierno de la Argentina solo puede encomendarse a un populista, que si (Dios no lo permita) alguien que no fuera populista llegara a ocupar el gobierno, este pobre país seguramente habría de sufrir una versión autóctona de las siete plagas de Egipto.

Y esto así porque los partidos políticos no populistas no expresan la movilización social y entonces no sirven para gobernar sino solo para oponerse.

Pero las cosas no son así de simples. Como expresión de un sistema político corrupto, los populistas adoptan un estilo de gobierno que exacerba sus vicios.

Así no dudan en allanar el camino para la toma del poder o su continuidad en él como mejor conviene a sus intereses, o en llenar todas las oficinas del gobierno con sus acólitos  o en premiar a sus partidarios (y sólo a sus partidarios) con toda suerte de beneficios a cambio de una lealtad que se ha dado en llamar “clientelismo político”

Esto lo hacen abiertamente y sin problemas de conciencia. Después de todo sólo ellos y sus partidarios son realmente “el pueblo”.

El clientelismo y la evidencia de la corrupción no alcanzan para corroer el apoyo del electorado a los líderes populistas.

Se perciben tales prácticas como un servicio que se nos presta a “nosotros” a expensas de “los otros”.

Los partidos políticos populistas se jactan de su buena gestión cuando esta no es otra cosa mas que la evidencia de una irrefrenable propensión a llenar con celeridad espacios en el estado, espacios que si no existen serán creados para puedan ser ocupados por amigos, hijos, hijos de los amigos, amigos de los hijos, etc.

¿Si solo un partido político representa de verdad al pueblo, por qué el gobierno de ese partido no debe ser el instrumento de la voluntad del pueblo? Si el pueblo no tiene trabajo y lo quiere, tenemos que creárselo.

Cuándo los populistas tienen que aprobar una nueva ley tienen que hacerlo, por mas criticas que se alcen desde la oposición, porque ellos son “el cambio” y los que a él se oponen seguramente representan a los fondos buitres y/o la CIA.

Así se advierte porque la creencia de los liberales de que para desacreditar a los populistas sólo hay que exponer la corrupción del gobierno, las vinculaciones de algunos de sus funcionarios con el delito organizado, es una vana esperanza.

Para la inmensa mayoría de ciudadanos, el clientelismo y la corrupción, no representa un problema. No tienen ni la remota idea del elevadísimo costo que están pagando por estos flagelos.

Ellos solo ven los bienes del populismo: los televisores, los celulares, las motos en cuotas.  No asocian el aumento de la  delincuencia, el deterioro de los sistemas de salud y educación, la inoperancia de la justicia o el permanente avasallamiento de su derecho por vías mas o menos ostensibles como por ejemplo el uso indiscriminado de la cadena nacional para violar con propaganda política la intimidad de sus hogares, con los males del populismo.

A este estado de cosas hemos llegado por nuestra falta de responsabilidad con la democracia, por no habernos preocupado por averiguar con anticipación a quien le entregaríamos nuestro voto de confianza para conducir los grandes destinos nacionales.

No tenemos derecho a quejarnos por nuestra actual situación, porque eso importaría alegar nuestra propia torpeza, pero si podemos tratar de evitar que las próximas generaciones reiteren los errores que hemos estado cometiendo como sociedad en estos últimos 30-50 años  permitiendo que los menos idóneos determinen nuestro futuro.

No es un problema de fe y esperanza sino de determinación individual.

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